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“Necesito perder la mirada en el horizonte del mar”

08 marzo de 2017

Soy feliz en mi trabajo. Estoy donde quiero estar

Maite Cabrerizo y Carmen Lorente  (tratamiento de fotografía)

-Antonio, ¿qué es para ti la mar?

-Siempre he vivido a flote o cerca de costa y mar. Nunca he estado más de una semana sin mar, así que podría inventar una poesía, pero sería inventada porque es una experiencia que afortunadamente no he vivido. Necesito perder la memoria y la mirada en el horizonte del mar y disfrutar de su fuerza y su poder para sentirme vivo.

Y con esta entradilla, lo que en principio no era sino una entrevista al Jefe de Máquinas del buque SAR Gavia Antonio Carlos Ponte Dopazo (ya saben, historias, su experiencia, su CV en definitiva) se convierte por magia del Atlántico en una charla con un poeta, con un soñador, con un hacedor de historias que mece las palabras a su antojo. Que juega con el presente (la entrevista se hace a bordo del barco mirando la mar), mientras el pasado aparece en forma de sombras. A veces bueno, a veces menos bueno.

Pero si hay un halo de tristeza y nostalgia (que los hay), también hay un marino “con ocho apellidos gallegos”, dispuesto a seguir emocionándose con este regalo que es la vida. Y más cuando se tiene la suerte de tener una familia maravillosa en tierra y otra increíble en la mar. Antonio reflexiona y sonríe. “Al final me he venido arriba”, dice. Y de qué manera.

Decía Miguel de Unamuno que hay ojos que miran/hay ojos que sueñan, hay ojos que llaman/hay ojos que esperan…

Y los de Antonio Ponte Dopazo sueñan y esperan, pero sobre todo miran la mar. No puede ser de otra manera. En su infancia con sorpresa y ahora, como parte de un trabajo que es su vida. Hubo un momento en que no navegó, en que estuvo en tierra, pero se hace difícil imaginarlo fuera de ese uniforme de Salvamento Marítimo en un contexto que no sea este barco.

Sangre brasileira

Ponte, ya saben, el de los ocho apellidos gallegos, va a ser que nació en Río de Janeiro, fruto de aquella España que emigraba en busca de mejor suerte. Sus padres lo hicieron a Brasil. Primero fue el padre y cinco años más tarde su madre, casada por poderes en España con el hermano. Allí nacieron entre pasteles y deliciosos bocados la niña y el niño. Tenía poco más de un año cuando regresaron a Galicia.

Antonio no tiene recuerdos, pero algo queda de esta tierra brasileña que invita al relajo y a dejarse llevar. Y nos dejamos llevar por su historia.

Para ser serios, y Antonio lo es, este Jefe de Máquinas estudió Náutica pensando en trabajar en tierra, punto 1, y por descarte, punto 2. Porque de las tres carreras que se estudiaban en Coruña era la que menos le desagradaba. Fueron sus inicios en la materia y el descubrimiento certero de que estaba en el lugar adecuado.

“Mi profesión, este mundo, la mar, me han gustado mucho, aunque ya estoy en el ocaso”, dice con la boca pequeña. Pero por edad, por ganas y por entusiasmo, ese ocaso se antoja muy lejano. “Me atrapó desde el principio. Viajar, ver mundo…”. Tenía 20 años y el mundo por delante. “Aguantabas lo que te echaran”, apunta, aunque fueran muchos meses fuera de casa. Todavía recuerda con morriña cuando en su primer trabajo como alumno en la Transmediterránea sus padres le acompañaron al puerto de Vigo con una maleta gigante.

Suma de recuerdos

Fruteros, petroleros… no importaba. El carácter de este marino afable y de buen trato que quiere y se hace querer facilitaba las largas jornadas de trabajo incluso en los malos momentos. Que los hay. Como los 20 días que pasó embarcado en el Aragón rodeado de chapapote esperando el rescate. “Era un buque tanque de 30.000 cv de potencia. Cogimos un temporal y perdimos 120 toneladas de fuel y no podíamos ni encender una cerilla”.

Enseguida pasó a ser Primer Oficial, aunque el rango se lo dio la práctica y esas olas que no aparecen en los manuales. Francia, Casablanca… Sus sueños se cumplían, como el de formar una familia que le llevó a quedarse  en tierra para estar más cerca de casa y de los tres niños que luego llegaron. “¡Pero menos en casa estuve que estando en tierra!”, responde con gracia.

Primero trabajó en una empresa de preventas de bebidas y luego en instalaciones frigoríficas en atuneros de última generación franceses, pero la mar tira demasiado. Y volvió.

Los 12 años siguientes no pasaron en balde. Le permitieron conocer países, barcos, trabajó en distintas empresas y no pocas aventuras. Como cuando instalaron la fibra óptica en Haití, un país en guerra en el que tuvieron que levantar alambradas a su alrededor para no ser invadidos. O cuando estuvo en el Golfo de México arreglando los desastres de los huracanes Katrina y Erika.

Mucho de vocación

Aventuras muchas, más que desventuras. Y siempre la mar y la familia como referentes. Hasta que llegó la llamada de Salvamento Marítimo. Y dijo sí. Y cuando lo cuenta se palpa ese halo de orgullo que caracteriza a toda la gente que comparte las siglas de SM; ese ADN que viene de fábrica y que los hace especiales.

Vino con el Don Inda hace 11 años (también pasó por el Clara Campoamor) y se quedó en casa, cerca de los suyos. “Este trabajo tiene mucho de vocación, y si no te la hacen”, dice sacando pecho por su compañeros. Porque lo son, porque aunque los problemas o las incidencias o las aguas son distintas de norte a sur, cada vez que en televisión o prensa sale Salvamento Marítimo es un logro de todos.

Así lo siente él y todos en el SAR GAVIA. “Llevamos la placa puesta todo el año, insiste. “La forma de ser te la da la vida”. Y razón no le falta a quien sabe lo que es “sacar”. Es el verbo que usa para hablar de rescates. De vidas. Muchas veces con buen resultado; otras, con menor fortuna. Ponte sabe mejor que nadie que el mejor pago es esa sonrisa de agradecimiento de quien ha estado a punto de perderla

El Jefe de Máquinas mira a lo lejos, como si meditara en voz alta.  “El mar (casi) siempre devuelve los cuerpos a los 9 días. Pero estamos ahí, con la familia. Sin quitar la vista. No piensas en ti, piensas en salvar vidas, aunque en ocasiones es buscar una aguja en un pajar”. Aunque en ocasiones sólo sea esperar.

Como cuando era niño. “Nunca olvidaré el hundimiento del Urquiola, justo frente a mi ventana. Ese día no salió el sol en La Coruña. Estuvimos todo el día sentados en el salón con la radio para saber si aparecía el capitán y descubriendo el poder de la interminable combustión y la desilusión  de la muerte de aquel hombre que como dicta la ley del mar, abandonó cuando tuvo la certeza de ser el último”, recuerda.

La espera sigue ahora en el SAR Gavia, donde se está bien. ¡Muy bien! Culpa de su capitán José Manuel Vázquez y culpa de una tripulación que vive la mar en primera persona. “Estoy donde quiero estar”. Un mes embarcado, un mes en tierra.

La entrevista toca a su fin, como el mes. En casa le esperan muchas alegrías. Su familia, su gente y sus tres hijos, Jorge, Diego y Toni. “Mis pilares”. Y sus ojos, esos que ven en la foto y que enamoran con sólo mirar, se encienden de orgullo al hablar de los suyos; transparentes como el agua en la que navega; transparentes como Antonio.

Porque volviendo a Unamuno, hay ojos que ríen, risa placentera, hay ojos que lloran, con llanto de pena, unos hacia adentro, otros hacia afuera. Los de Antonio Carlos lloran, pero sobre todo ríen. Hay ojos y risas y Jefe de Máquinas para mucho tiempo.

*Próxima semana: La pregunta estaba en el aire: ¿Se atreve alguien a hacer la entrevista al director de Salvamento Marítimo, Juan Luis Pedrosa? Pero en esta redacción le dimos la vuelta: ¿Se atreve el director de esta Casa a salir en Las Caras del mar? La respuesta… en siete días.

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