Revista Informar
LAS AVENTURAS DE UN NIÑO QUE SOÑABA CON CORSARIOS Y VICKY EL VIKINGO
Las Caras Del Mar
19 DE DICIEMBRE DE 2025
Para Carlos Arbona, patrón en la Salvamar itinerante Diphda, se ha cumplido un sueño
Maite Cabrerizo
Fotos (Lucía Rebolloso y Arnaldo Fernández)
“Y este soy yo, en la época en la que no me perdía un capítulo de Jaques Cousteau y su barco el Calypso”. O cuando leía las aventuras de Vicky el vikingo y se imaginaba en ese barco pirata navegando por mares peligrosos en busca de los malvados guerreros. Pero Carlos Arbona no vivía en la pequeña aldea de Flake, como Vicky. Carlos residía entonces en Madrid, en un octavo piso, desde donde el mar no se ve. Pero él lo intuía. Con los cómics, con los libros de barcos y de corsarios que su padre le regalaba, era posible soñar el mar. Y un día, se hizo realidad. Primero, cuando a los 9 años se fueron a vivir a Valencia, donde vio que los barcos existían de verdad; donde se pasaba las horas en el puerto. Y luego, cuando decidió ser marino. Y si podía ser, ¡de los buenos!, como Vicky el Vikingo, siempre buscando la justicia y ayudando a los demás. Hoy es el patrón de la Salvamar Diphda de Salvamento Marítimo, donde cada día se ocupa de salvar vidas. “Para mí ha sido un regalo de la vida. ¡Si le llegan a decir ese día que un día trabajaría en una sociedad como Salvamento Marítimo! ¡Es un sueño cumplido!”.
La llamada de la Armada
En Valencia estudió Electricidad. Y en la misma empresa donde hizo las prácticas (mantenimiento de máquinas en una fábrica de puertas de madera), tuvo su primer contrato. Pero, sin pretenderlo, la “suerte” se puso de su lado en forma de carta cuando, a los 21 años, le llegó el aviso de la Armada para cumplir con el servicio militar obligatorio. Lo hizo en Canarias, como engrasador en un remolcador de altura en Las Palmas. “Fue una casualidad. No me lo podía creer. Aquello hacer la maleta e irme a la aventura”.

Cuando llegó al muelle, le estaban esperando. Y sin tiempo para deshacer el petate, embarcó en el Ferrol sin saber que les esperaba una de las peores noches de su vida. “No dormí nada. Me mareé”, ríe al recordar aquella travesía. Pero duró lo que dura una noche. Pronto se fue adaptando y, sobre todo, aprendiendo: la maquinaria, el sistema de propulsión… “Al puente solo subía para entregar los informes de temperatura de los motores, pero me quedaba allí mirando hasta que me decían entre risas que ya estaba, que podía bajar, porque me veían fascinado mirando todo”. Y lo estaba, hasta el punto de que estuvo embarcado los ocho meses seguidos, de los que no quitaría un uno. Pero tocó volver a casa. La empresa de puertas le volvía a ofrecer trabajo, pero Carlos Arbona ya había saboreado lo que era navegar, sentir la mar en la cara, respirar. Su padre le dijo que no se lo pensara, que en la fábrica había futuro, pero Carlos tenía la sensación de que aquellos ocho meses habían sido una señal; habían ocurrido por algo. Volvió a hacer las maletas y voló a Canarias. A volver a empezar o, al menos, a intentarlo.
Tuvo suerte o, más que suerte, fue su empeño, su naturalidad o su pasión las que le ayudaron a encontrarlo. Primero de mantenimiento en un hotel y pronto en uno de los barcos que realizaban excursiones marítimas desde Puerto Colón (Tenerife) y que, por casualidad, necesitaban un marinero. Era 1994. “Embarqué y decidí que aquello era lo que me gustaba. Saqué los cursos de patrón de cabotaje y luego patrón mayor de cabotaje. Íbamos de isla en isla, yo que venía de soñar con Vicky el Vikingo...”, dice agradecido por este regalo de la vida. “Aquello no era trabajar para mí, era un aprendizaje constante, una aventura”.
Barcos naranjas
Fue cuando estaba como contramaestre en un ferri que hacía la ruta de La Gomera a Tenerife cuando conoció a la tripulación de la Salvamar Tenerife, con base entonces en Los Cristianos. Gorka Boronat (capitán ahora del Clara Campoamor), Joaquín Martín… “Se tenía muy claro qué eran las bases de Salvamento Marítimo. Eran grandes profesionales”, recuerda con cariño Carlos al que, una vez más, le siguió la suerte. Necesitaban un patrón de relevo. ¿Le apetecía? ¿Podría ser él? Y lo fue. “Yo, que desde el remolcador Ferrol había visto las embarcaciones naranjas navegar a toda velocidad e imaginar que iban a ayudar a gente que está en la mar… Dije sí. Para mí era un nivel superior con el que no contaba”. Era 2002 cuando entró a formar parte de la familia naranja.
Empezó como marinero, hasta llegar patrón, siempre aprendido, recopilando mucha experiencia e información. “Todos me han ayudado mucho. Me he rodeado de buena gente y buen equipo de profesionales. Supieron transmitir esa magia que tienes cuando sabes que perteneces a un gran equipo. Me sentí muy acogido”. Los periodos de prueba pasaron a ser luego algo fijo, cuando sacó la plaza en Santa Cruz de Tenerife. Ha pasado casi todo su tiempo en Canarias, excepto un año que embarcó en la Salvamar Sargadelos, en Ribeira, Galicia, con los hermanos González, Gonzalo y Ángel. “Pasé un año increíble profesional y personalmente. Aprendí mucho porque el escenario era muy diferente. El mar, la navegación, el tipo de emergencias, las condiciones meteorológicas. Gonzalo y Ángel eran marinos de pura cepa y supieron transmitirme ese amor por la mar. Muchas de las tripulaciones deberían rotar para empaparse de toda esa energía”.
Carlos Arbona se empapó, sin saber que, de alguna manera, él también iba dejando su propio reguero de empatías. Volvió de nuevo a Canarias, a Tenerife, una vez más rodeado de una gente muy profesional. “Éramos una familia, cada uno con sus particularidades. Y es curioso porque, cuando suena el teléfono de emergencias, se diluyen todas las personalidades. Se notaba el equipo compacto y se respiraba que había mucha sintonía. Entonces las cosas salen bien porque se notaba la implicación. Incluso cuando no salen como a ti te gusta te sientes arropado”. En 2004 le destinaron al sur, a la Salvamar Menkalinan. Y otra vez aprendiendo cosas nuevas, también de los más jóvenes. “Me di cuenta de que los veteranos pecamos de demasiada experiencia y nos ponemos un poco rígidos, pero hay gente joven que viene con nuevas ideas y son más flexibles para adaptarse a las situaciones. La experiencia y la juventud son compatibles”, dice con la prudencia que le caracteriza y que le ha hecho ganarse el respeto de las tripulaciones, de esa familia naranja que le ha arropado en esas emergencias complicadas en las que uno duda de si se tomó la mejor decisión. “Creo que siempre he tenido la fortuna de coincidir con gente muy implicada”.

Es el ADN de los navegantes, de los marinos que dedican su vida a los demás. Carlos tiene muchas emergencias en su currículum. Las que le sacan la sonrisa con el final que a todos nos gusta, pero también esas otras en las que no pude olvidar la mirada de los familiares que esperan a que la salvamar encuentre a sus personas queridas. No siempre puede ser. “En el norte de Tenerife el mar es bravo. Teníamos muchos avisos de desaparecidos en los acantilados. Las búsquedas se prolongaban duraban días y ver a las familias esperando noticias impactaba. La salvamar era el último eslabón para encontrarlos”. Momentos duros como cuando se decide suspender una búsqueda y hay que comunicarlo a la familia, momentos en los que se recuperan cuerpos… “Pero cuando la operación sale bien, recibes una satisfacción increíble. ¡Y es cuando vuelvo a recordar a Vicky el Vikingo o al corsario y me veo a mí con mi uniforme naranja salvando vidas! Pienso que es un sueño cumplido”
Carlos Arbona hace este repaso desde la Salvamar Diphda, itinerante ahora en La Restinga, en El Hierro, una isla que los ha recibido con cariño y donde los rescates de migrantes son noticia. “Tienes que tener la sangre fría porque de repente hay 200 ojos que te miran, que te piden ayuda. Esa imagen se te queda grabada”. Es en estos momentos donde el trabajo en equipo se hace importante, donde la complicidad y la confianza en el compañero funciona. “Mientras les tiendes la mano para subir a bordo uno a uno, no notas ni el cansancio ni la fatiga. Cuando en tierra se van todos en el autobús y te miran de esa manera tan especial, ése es el premio”.

Para Carlos Arbona, cada día es un premio, cada embarque, cada tripulación. De todos tiene algo bueno que decir y que aprender. Volvemos a la Salvamar Diphda. Arnaldo, marinero, un residente del pueblo, pescador, “gran compañero con mucha positividad y mucha iniciativa. Tiene una forma muy sutil de saber transmitir y un gran aporte en el puente y en donde haga falta”. Pasa luego a Iñaki, “siempre con ganas. Puedes contar con él en cualquier momento y dispuesto a echar una mano siempre”. La cuarta tripulante es Lucía, una mecánica para la que le sobran calificativos. “Es una gran profesional porque le gusta lo que hace; conoce el medio, le gusta formarse y se implica en todo. Es valiente y puedes contar con ella. Hemos encajado todos muy bien”, concluye. Carlos con ellos y la tripulación con un patrón que sigue pensando en aquel niño de un octavo piso de Madrid que dibujaba barcos en papel. “Creo que le cuentan esto y no se lo cree”, sonríe generoso. “Estoy en la empresa que quiero, con los mejores medios para el salvamento y que es un referente. Saboreo cada día”. Un cuento real en la que no cambiaría nada. Porque la carroza no se convirtió en calabaza, sino en un barco naranja que sigue navegando, dando auxilio en la mar. No ponemos fin, sino un “continuará”.



