Revista Informar
ALEJANDRO GASCÓ, VIDAS QUE SE CUENTAN EN ZOOM INFINITO
Las Caras Del Mar
03 DE OCTUBRE DE 2025
Marinero de Máquinas en el SAR Mesana: “Cuando colaboraba con Cruz Roja de Salvamento me llegó la sal al cerebro. Me di cuenta de que era mi mundo”
Maite Cabrerizo
Alejandro Gascó, marinero de Máquinas de Salvamento Marítimo, bien podría ser el protagonista de un zoom infinito, ese efecto óptico que se consigue cuando al mirar una fotografía en el móvil o en el ordenador y se van ampliando zonas, se observan detalles que llevan a nuevas historias. Un relato sin fin en el que cada pequeño objeto da paso a un nuevo mundo.
Nos encontramos con él en Castellón. Alto, 1,82, y 41 años que no aparenta. y atravesamos sus gafas de sol para ver dónde nos lleva. ¿Nos acompañas en el viaje?
De Villareal, “con un único defecto, ¡que no tiene mar!”, dice sonriente Alejandro, que ha hecho de la navegación su profesión. Pasa meses alternos embarcado en el buque SAR Mesana y el resto lo reparte entre Alcocéber, donde vive, y su velero Nostrum, su gran pasión. Sus compañeros bromean con él. Debe ser de los pocos que cuando acaba la campaña sigue navegando, pero no puede alejarse del mar. Le tiene atrapado.
Hacemos zoom hasta llegar a un Alejandro niño apasionado del ciclismo. Era su mundo y, por qué no, su futuro. Pero varias lesiones le apartaron de él a los 20 años, dejándole un gran vacío. La adrenalina en la carrera, las horas y horas de entrenamiento. Necesitaba hacer algo para llenar ese hueco.
Probó con el tiro con al arco, pero se aburrió pronto. Necesitaba más. La imagen atraviesa la rueda de esa bici y es cuando llegamos al mar, a la costa de Castellón. Verano. Allí juega con sus amigos a ver quién llega el primero a la boya. Él siempre es el último. Pero descubre que la apnea no se le da nada mal. Hacemos zoom infinito en esa inmersión y descubrimos a Alejandro haciendo pesca submarina, disfrutando del regalo que es el Mediterráneo. “Empecé a bucear en Alcocéber, Almazora… He pescado en toda la costa de Castellón”.

Seguimos el viaje con un zoom que nos traslada a un Alejandro más adulto, en una oficina, donde trabaja de administrativo. Amplificamos una foto en la que fuera su mesa y enseguida nos lleva a un yate, donde le surge la posibilidad de trabajar de marinero. “Me di cuenta de que me gustaba mucho el mundo del mar. Comencé a trabajar con la Cruz Roja de Castellón en verano como patrón de moto náutica y a mejorar mi formación durante los inviernos”. También participó en el programa de voluntarios de Salvamento Marítimo de Cruz Roja. “Me llegó la sal al cerebro. Supe que era mi mundo; mi vida. Que era donde quería estar”.
La ilusión óptica se detiene ahora en esa moto náutica, en un día de 2018 en la que arde un yate. Cuando llegan al lugar, encuentran a 2 personas en el agua vivas. La embarcación es una bola de fuego. Intervienen también medios de Salvamento Marítimo, entre ellos una Salvamar. Finalizada la emergencia, el patrón le pregunta si le puede ayudar y Alejandro no lo duda: quiere entrar en Salvamento Marítimo.

Llegada a Salvamento Marítimo
El tiempo se detiene porque es ahí donde cambió el rumbo de su vida. El clip focaliza a un Alejandro llegando a Madrid, hace 6 años, a la calle Fruela, con un currículum y un nombre en su cabeza: Ana Layos.
“¿Teníamos una cita?”, recuerda Alejandro que le preguntó la jefa de área de RRHH. No, no la tenía, pero Ana le hizo la entrevista. Alejandro recuerda cada segundo de aquel cara a cara en el que, seguramente, la entrevistadora vio la profesionalidad, pero también la pasión. Hacemos zoom en esa calle junto a la Casa de Campo, justo después de la entrevista, volviendo al Metro, y vemos ahora a Alejandro al móvil. Es Salvamento Marítimo. “¿Puedes embarcar ya?”, le dice la voz al otro lado.
“En la vida hay trenes que ves cómo se te escapan y otros en los que piensas, aquí está el tren y voy a ver si me puedo subir”. Se subió.
Los siguientes zooms nos llevan primero a la Guardamar Calíope, como marinero de máquinas y de cubierta. Y ya no se bajó. Guardamar Concepción Arenal, buque Punta Mayor, Clara Campoamor, Don Inda, remolcador SAR Mesana… y muchos nombres de quienes le han ayudado y animado en el camino. Profesionales de los que no deja de aprender. La lista es larga, pero hacemos zoom en la imagen del jefe de Máquinas del SAR Mesana, a quien admira. Se llama Íñigo y se caracteriza por su sonrisa. “Todo en él es positivo. Un profesional del que aprendo cada día, ver cómo gestiona las emergencias. Siempre pienso que me gustaría ser como él”. Fernando Pazos, “que me enseñó muchísimo” o Fernando Berenguer “el que más caso me hizo en mi primer embarque”, son otros nombres de esa lista interminable.

En estos seis años ha sumado muchas experiencias que le confirman que está donde quiere estar. En una de ellas, durante el rescate de una patera, una niñita le cogió la mano y le dijo: “Gracias Salvamento”. Son sólo dos palabras, pero se emociona al recordarlo. “En una ocasión escuché que para triunfar en el mundo laboral tienes que hacer algo que te guste, algo que se te dé bien y algo que aporte a la sociedad. Si logras los tres factores, has triunfado en el campo laboral. Y así me siento yo ahora. Porque sé que mi trabajo me llena y aporta a la sociedad. El mío y el de mis compañeros. Siento que estoy donde quiero estar”.
Seguimos con el foco en el SAR Mesana, en ese día a día que se ha convertido a la tripulación en su otra familia. Con la familia biológica, la que queda en tierra, gracias a los móviles todo es más fácil. “Íñigo me comentaba que antes, la única comunicación era por carta. El tripulante que desembarca las enviaba por correo. Ahora se puede hacer todo por teléfono”.
El efecto óptico amplía el móvil donde Alejandro tiene muchas fotos. En una se le ve con el uniforme naranja. Es su ADN y su color. "Naranja. No lo cambiaría por ninguno. Estoy donde quiero estar”.
Zoom infinito. Dícese de un bucle de imágenes digitales que se acompañan con reflexiones y emociones. Las de Alejandro, pero seguro que también las del espectador, que empatiza con este tripulante que un día se subió a ese tren, o mejor, a ese barco, que sólo pasa una vez. Y por suerte para esta Casa, no lo dejó pasar.



