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Pepe Ribes, el hombre que vale más por lo que calla que por lo que habla

De cinco minutos más o cinco menos depende una vida

Maite Cabrerizo/ Carmen Lorente (Tratamiento fotográfico)

Si la vida te da limones, haz limonada. Literalmente. O naranjada. O zumos de kiwi si es el caso. Y decimos literalmente porque José Ribes, Pepe desde ahora, bien podía dedicarse a ello. Sus padres tenían un negocio de venta de frutas al por mayor a restaurantes, establecimientos… Pero a Pepe más que la huerta le tiraba la mar. El Mediterráneo de ese Alicante donde nació hace 45 años. Y esas escapadas al barco de su tío y en la que sus primos le enseñaban el oficio.

Después de hacer el servicio militar (por cierto, en el antiguo buque Castilla y Aragón de transporte y ataque) se lo dijo a sus padres y embarcó como cocinero (por entonces sólo cocinillas y mucho que aprender) en el pesquero.

Tuvo varios enemigos: unos fogones en los que era novato y unas marejadas para las que no estaba preparado. Y sin embargo pasó la prueba con nota. Aprendió del antiguo cocinero y puso en práctica las recetas de su madre como ese arroz al que estamos invitados. Al menos hasta estas líneas.

Tenía 19 años y ganas de aprender. Trabajaba todo el día en el barco (pesca de gambas) y por las noches estudiaba. Hacía el recorrido de Calpe e Ibiza. Eran sus inicios. Y desde entonces nunca ha mirado para atrás.

“Sé que la mar es mi mundo. Soy feliz”. Quizás porque Pepe ha nacido para ser feliz. Con su gente, con esa sencillez que le hace grande, con esos mensajes que envía con el móvil cuando sale ahora a recoger una patera al departamento de prensa, para que podamos compartir su trabajo, y a su mujer, para  hacer más cercana la lejanía de los días, que pesan.

Entre la pesca y los yates

Pepe Ribes tiene la virtud de hacer fácil lo difícil,  de ver posibilidades donde otros ven obstáculos. Por eso, a sus deberes de cocinero y estudiante añadió todas las lecciones que le daban sus primos. Pepe no perdía detalle. Todo era (y es) sumar y sumar.

“Hice de todo. Guardias en la navegación, ayudar al motor, engrasarlo…“. Lo mismo estaba en Puente como en Máquinas”. Y gracias a ese servir para un roto como para un descosido podía cobrar un extra cuando no había suerte con la pesca.

En total sumó ocho años, interrumpidos con el negocio de los yates y su paso por un restaurante que le dejaron claro que su mundo era otro. A los 23 años se fue a Alicante al Instituto Politécnico Marítimo Pesquero y hoy es lo que es. Mecánico en la Salvamar Hamal y Patrón cuando le requieren.

Comenzó ahí una carrera sin fondo en la que Pepe Ribes suma títulos y certificados y notas y papeles y justificantes y…

“Soy muy organizado, en esto hay que serlo”, dice. Y no sólo porque la burocracia del mar es compleja y te obliga continuamente a renovar papeles, sino también por su puesto en la Salvamar.

Ribes fue aprobando los títulos de Puente y los títulos de Máquina hasta llegar a ser Mayor de Máquinas, Mecánico Mayor Naval,  Mayor Naval con ampliación de caballaje y Patrón de altura de la Marina Mercante.

Como Patrón lleva más de 4.399 horas navegadas, como Mecánico 3.000 y muchas. Pero los datos que necesitamos no son de horas, sino de ese marino en  la mar. Ese marino que ora asiste a un barco ora recoge un buzo muerto del que nunca olvidará sus ojos ora rescata una patera en la que viajan niños como el suyo. Alex tiene sólo 8 años y es la gran pasión de Pepe. Por eso esa doble vida entre Alicante y Motril a veces se hace dura. “No puedo estar mejor en el trabajo, pero la distancia de casa cuesta”, dice esperando ese traslado que le acerque a los suyos.

Viaje ‘Real’

Lo dice con ganas, pero sabiendo que su misión está en salvar vidas. Lo hace en las pateras, pero lo hizo también en los yates, apagando dos incendios que bien podían haber acabado en tragedia. En uno de ellos porque viajaban 180 personas y en el segundo, porque era el barco que acostumbraba a trasladar el Rey emérito Juan Carlos I.

Ribes recuerda, en el primer caso, aún el olor a quemado del yate que cubría el trayecto Benidorm. “Yo estaba en el puente. Olí el fuego por los extractores y supe que algo no iba bien”. Su rapidez y su experiencia hicieron que todo quedara en un sobresalto del que ni los pasajeros llegaron a saber nada.

El segundo susto ocurrió en el yate en el que acostumbraba a viajar don Juan Carlos para acudir a las regatas del Conde de Barcelona. Aquella vez iba de vacío. ¿Recuerdos de esos viajes? La foto que vemos y que no se podían sacar imágenes del rey fumando.

Vale más Pepe por lo que calla que por lo que habla. Y no va a hablar. Ni del Rey ni de los políticos. Y daría para llenar páginas y páginas. Pero no vamos a arriesgar ese arroz prometido al principio de la entrevista.

En el año 2000 fue su llegada a la Salvamar Pollux. Hoy tendría el número 519 en esta Casa si no fuera porque se pidió una excedencia para ir en un atunero a Florida. Era más joven y tenía ganas de ver y de viajar y de aventuras. Como aquel temporal que les obligó a dormir en el suelo con olas de más de 10 metros. “Era imposible transitar por la cubierta, era una piscina”.

Marea el mar, pero no su historia pese a este continuo ir y venir en el que uno no concibe a Pepe lejos del agua. Después de un año, volvió a pescar, y a los yates de nuevo que, de ser inforMAR prensa rosa, tendríamos un buen filón porque entre los pasajeros que Ribes transportó estaban el yerno del de la cerveza Coronita y el dueño de las gafas Oakley.

 

Vuelta a su Casa

Estando en la golondrina (transporte de pasajeros) en Alicante le salió de nuevo la oportunidad de volver a Salvamento Marítimo. En la Salvamar Aldebarán, la Salvamar Acrux, la Sirius, la Castor, la Salvamar El Puntal y en la Levante de patrón. Hace un año llegó a la Salvamar Hamal como mecánico y con un nuevo papel que le han hecho ver el mundo de otra manera: el rescate de pateras.

 

“Es un trabajo muy distinto a lo que había hecho. Porque tengas la experiencia que tengas, siempre se aprende”. Incluso a vivir con los tiempos cambiados, a ir contrarreloj, a conducir hacia el barco sabiendo que en la mar hay vidas en juego. “De cinco minutos más o cinco menos depende una vida”. La autoridad portuaria ya le conoce, pero tengo que tener todo a punto para que salga la Salvamar.

 

Y cuando vuelven a puerto, cuando el rescate ha sido positivo, todos se miran y se sonríen. Y es ahí cuando Pepe y sus compañeros hacen de corresponsales con su testimonio gráfico. Pero hoy hemos cambiado los papeles para hacer de Pepe, el de la Hamal, el protagonista de esta historia con sus compañeros.

En Alicante le esperan su mujer y Alex, del que cada vez cuesta más separarse. Cuando nació el niño Pepe vino corriendo, o mejor volando de Cannes. Cuando murió su padre no pudo estar. “Es verdad que tengo dos vidas y a veces te pierdes cosas importantes, pero quiero seguir en Salvamento Marítimo”. No podría ser de otra manera, Pepe, el de la Hamal, o sólo Pepe… pero el de Salvamento.

 

*Próxima semana. Y de las Caras del Mar a la Cara del mal. O eso pretendía el protagonista de la próxima semana José Manuel Aljarilla, técnico Superior de Análisis y Planificación. Y lo primero que hicimos fue documentarnos sobre qué necesita un personaje para ser el malo de la película.  Y tal cual reproducimos: “Los personajes malvados son crueles, viles y mezquinos,  pero elegantes y siempre se ganan un lugar en nuestro corazón”.  Y entonces sí, entonces nos dimos cuenta de que estábamos capacitados para hacer una cara del mal. Porque lo que no hay duda es que Aljarilla tiene por derecho propio hueco en nuestro corazón. Porque allí por donde pasa pisa fuerte, con ese derroche de optimismo que transforma los días grises. Y si no, espera una semana.

 

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