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El pequeño gorrión que soñaba con volar

Cuando empiezas a volar te das cuenta que es un lujo. Soy un privilegiado por trabajar Salvamento Marítimo sabiendo que puedo ayudar a los demás

Maite Cabrerizo/Lucía Pérez (tratamiento fotografía) Nacido el 4 de julio… pero de 1997. Como la película de Tom Cruise, pero protagonizada en este caso por el piloto del Helimer 206 de Tenerife Nicanor Marín, Porque este comandante volvió a nacer ese día. Aún era militar. El helicóptero que pilotaba cayó en la niebla durante un ejercicio. El compañero, copiloto y amigo murió en el acto. Nicanor no. Trasladado al hospital, supo más que nunca que debía seguir en el aire, que ésta era su vida, que tenía mucho que hacer y que aportar.  Siete meses más tarde volvía a volar, sin sospechar que el instructor que le reeducó y le instó a perder el miedo, haciéndolo aterrizar en el mismo sitio de la tragedia también malograría su vida mientras apagaba un incendio en la isla.

Tragedias con nombres propios que Nicanor ni puede ni quiere olvidar. Desde hace 9 años forma parte de esta familia de Salvamento Marítimo y, casualmente, quien le entrevistó fue la misma persona que le rescató aquel 4 de julio. El círculo se cierra. Marín, Nikky, gorrión como le llaman muchos, tiene mucho que contar. Ésta es su historia.

Sueño militar

Desde pequeño, siempre quiso ser militar aunque en casa nadie lo entendiera. Ni él mismo lo entiende. Pero cumplió su sueño pese a los ‘peros’ de su familia. Su primera misión no pudo ser más lejos de Gijón, Ceuta. Allí se enfrentaba con apenas 20 años a la primera realidad de la migración que años después, ya en Salvamento Marítimo, viviría en primera persona. Eran los años de las primeras alambradas militares a la migración.

Fueron 3 años difíciles, pero que pusieron negro sobre blanco sobre una realidad que miraba de frente, que en cierta manera le hicieron mayor.

Allí mismo comenzó un curso de helicópteros. “Nunca había pensado volar, pero salió la oportunidad y bueno  –dice bajando la voz–,  la verdad que era una manera de ir a Madrid”, se ríe, con el permiso de su madre, que no se cansa de repetir, “pero hijo, no te puedes ir más lejos”. Y sí, si se podía ir más lejos. Como era de esperar aprobó y eligió un destino cruzando el mar, Tenerife.

Su madre ama de casa y su padre ebanista le dejaron volar y cumplir un sueño en el que, a sus 46 años, ha salvado muchas vidas. Era 1996. Desde entonces vive en la isla, donde ha nacido su hija.

Cuando sus padres le fueron a visitar  a la U.C.I. tras el fatídico accidente lo dijo claro y alto: “Mamá, no creas que voy a dejar esto”. Conociéndole, sabe que no podría. “Cuando empiezas a volar te das cuenta que es un lujo. Soy un privilegiado por trabajar Salvamento Marítimo sabiendo que puedo ayudar a los demás”.

Controlar el miedo

¿Y el miedo? Hace 5 años murió su instructor y amigo apagando un incendio. El helicóptero en el que viajaban José Antonio Fernández y sus dos compañeros se quedó sin potencia y cayó al suelo. Murieron en el acto.

“¿Miedo? No, eso nunca. Si tienes miedo, no te subas porque ya vas volando en una situación que no es propicia. El riesgo está ahí, lo que hay que hacer es valorarlo y no dominarlo, pero sí controlarlo. Y saber hasta dónde puedes llegar. No pasar esos límites”, afirma desde la voz de la experiencia.

Aun así, con ese vértigo que da ese punto de no retorno, insiste. “tengo la misma ilusión desde el día en que comencé. Me encanta salir a volar y estoy deseando que suene el teléfono”. El de Salvamento Marítimo, porque ése era el paso que le faltaba para darlo todo.

“Siempre quise ser militar, estuve en Mostar, pero me faltaba esa labor humanitaria que hago en esa Casa y que me llena. Cuando sales de un vuelo sabes que ha merecido la pena”.

A finales de 2007 le avisaron de que se abría una base para helicópteros de Salvamento Marítimo. Les conocía, había visto sus barcos y oído de sus trabajos. Quiso el destino que la entrevista la hiciera el comandante del helicóptero que le rescató aquel 4 de julio. Si no es una coincidencia, se le parece. A la semana empezaba su labor en esta sociedad.

“Me gusta el riesgo, pero con esa parte humana que te hace vibrar”. En diciembre de 2007 dejaba el Ejército. Iba a seguir volando helicópteros pero con una función más beneficiosa para la sociedad, como es salvar vidas.

“Y no me equivoqué. Ver la gente cuando la rescatas del agua, merece”, dice quien es el polo opuesto al agua.

Sí. Nadar y Nicanor Marín son incompatibles, Nicanor es un gorrión nacido para volar, pero el agua lo mira, si puede ser, desde muchos pies de altura. La recompensa es ver sus ojos, su cara, cuando te miran…” sabes que ha merecido la pena. Que los sustos, las horas de preparación y los estudios no son nada en comparación con esa vida”.

En estos 9 años, el comandante ha visto de todo lo que se podía ver. Precisamente cuando se creó la base, en 2008, era el punto fuerte de la inmigración. Cuatro o cinco pateras a la semana cargada con cientos de personas sin abrigos, sin móviles sin medios…

“Y eso te marca. Su mirada perdida, grados de hipotermia que les impedía doblar los brazos, pateras con cadáveres en las que unos se sujetaban a otros. Pensé que lo había visto todo, pero no”. Y baja la voz, porque la dureza de un trabajo como el de Salvamento Marítimo no trae manual de instrucciones que controle cómo medir las emociones. Hay protocolos para todo, pero no para el alma y el corazón de alguien como Marín, que sigue esperando a que el teléfono sueñe para salir volando.

¿Cuánto arriesgas? Y ahí responde de nuevo Nicanor comandante de Helimer. “Hay un límite que no se puede pasar, Tienes que calcular bien y ser conservador de hasta dónde se puede llegar. No sólo está en vida tu juego, sino la de tus tres compañeros”.

Compañeros que, como bien dice Nicanor Marín, son parte de la familia. 12 horas al día, 180 días al año… “Mi familia”, dice con dulzura. Se conocen y se respetan porque en definitiva, cuando están en el aire, forman parte de un puzle del que dependen sus vidas.

En casa, después de un largo día, le espera su pequeña Carmen. Para ella su padre es lo más. “Papi, te he visto en la tele”, dice, aunque lo que se haya visto es sólo la hélice de un helicóptero. Es igual. Tierra, aire o mar, todo huele a Nicanor Marín, ese pequeño gorrión que sus padres dejaron volar libre. Y no se equivocaron.

*Próxima semana. Nos vemos en Valencia en ‘casa’ de Carlos Martínez, patrón de la Salvamar Pollux. Porque ahí es donde se hace la entrevista y porque es así como se siente este marino, en su ‘casa’. Literalmente. Martínez la ha visto nacer y crecer. La trajo de Algeciras a Valencia hace ya 11 años. Y desde entonces no se ha movido de ella. Subimos, con permiso de su patrón, nuestra próxima Cara del Mar.

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