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La historia de un abrazo

Maite Cabrerizo
Lucía Pérez (Fotografía)

Cuando se publique este artículo, quizás Juan y Quico estén en Santander, navegando juntos, tomando el aperitivo en el bar del puerto o simplemente echando la tarde, hablando de sus cosas como dos viejos amigos. Porque cuando se publique este artículo, Quico y Juan serán algo más que conocidos. Les unirá algo más que Santander o su amor por la mar. Les unirá la vida. Les unirá Salvamento Marítimo.

Pero, ¿cómo empezó esta historia? ¿Qué hay detrás de ese abrazo? Hacemos un flashback  cinematográfico para retrotraernos al pasado 14 de febrero. Los presentadores de ‘Aquí la tierra’ de TVE,  Jacob Petrus y Quico Taronjí, recibían el Premio Salvamento Marítimo a la mejor labor divulgativa en los Medios de Comunicación. Cuando Taronjí tomó la palabra, la sala se quedó en silencio. “Porque yo he sido náufrago”, dijo. “Era 2013 y me dieron por muerto más de 12 horas. No sabían nada de mí. Estaba muerto para la gente que me quería. Pero el Canal 16 de VHF, el teléfono de la esperanza para los que navegan me salvó la vida. Este premio es para Juan, no le conozco, pero es el controlador que durante todo este tiempo estuvo informando a mis padres”.


Nada más oír el discurso se dispararon todas las alarmas. Objetivo: localizar a Juan, a ese controlador anónimo que no sale en las fotos, del que nadie conoce su cara ni su nombre, pero es temple y calma; que es psicólogo y amigo en una emergencia. Un profesional con la cabeza bien amueblada y el corazón muy grande. Como todos los profesionales de Salvamento. Y lo encontramos. A Juan Ramón Díaz de Villegas, pero también a sus compañeros que por turnos estuvieron presentes en esta operación. Hablamos de Alejandro Bustos, Diego Navamuel y José Crespí.

“Yo estoy aquí por ellos, por mis compañeros. Gran capital humano”, dice Juan, desde la modestia, en este pequeño encuentro que hemos organizado en Madrid. Para que los dos se conozcan, para que los dos se abracen. “Y yo –apunta Quico Taronjí–, porque quiero recalcar mi gratitud a todos los que hacéis Salvamento Marítimo. No me cansaré de decirlo. Sois admirables”.

Y aquí, en una mesa de la calle Fruela, con un café y gestos de cariño por ambos, empieza este curioso encuentro en el que no podían faltar el director de esta Casa, Juan Luis Pedrosa, y el director de Operaciones, Xaquín Maceiras. Lo dice Pedrosa bien claro: “Bienvenido a Salvamento”.

De Algeciras a Estambul, como Serrat

El guion: contar qué pasó aquel 10 de noviembre de 2013 desde ambos puntos de vista. Desde el CNCS de Madrid, donde Juan trabajaba en ese momento, y desde esas aguas tunecinas donde Quico estaba desaparecido.

“Me había propuesto hacer el recorrido que cantara Serrat de Algeciras a Estambul”, dice Quico. Se sincera. Tenía 43 años y necesitaba un cambio de timón. Era presentador de televisión, con fama, con imagen, “pero me sentía náufrago en tierra. Entendía que siguiendo en ese trabajo no iba a ser feliz. Necesitaba cambiar de vida”.

Cambiar de vida, venderlo todo y navegar, sentirse frágil en una embarcación, expuesto, vulnerable, donde pudiera estar conectado consigo mismo y con la naturaleza. Quizás como dijera Serrat, “para que pintes de azul / tus largas noches de invierno”.

Una especie de catarsis personal, pero desde la profesionalidad de quien lleva navegando desde niño. El 26 de agosto salió de Sotogrande en un trimarán de vela ligera. Llevaba dos meses y medio costeando y a veces hacía mar abierto. Ese día había temporal de viento mistral, con rachas superiores a los 100 km y olas de 8 metros de altura en el Canal de Sicilia. Una de esas olas impactó en la embarcación y partió un perno de acero. “Me quedé a la deriva”, apunta Quico. Eran más de las 5 de la tarde, pero la noche llegó enseguida y la radio no funcionaba. Al final, una ligera señal le permitió usar el móvil y hacer una llamada a su amiga María. El dispositivo se puso en marcha.

Mientras, en el CNCS de Madrid, Juan estaba de turno. Definamos a Juan. Un tipo feliz, dirá él, con su mujer Coti y su hijo León. Marinero de Noruega hasta Sudáfrica y desde Canadá hasta Brasil. En Salvamento hace 19 años (Barcelona, Algeciras, Madrid y ahora Santander) y amante de la vida y de su trabajo. Controlador en mayúsculas, saca músculo cuando habla de sus compañeros. Y así se lo cuenta a Quico. “Un controlador de Salvamento Marítimo es una persona a la que nunca desearías necesitar, pero que está siempre ahí cuando le necesitas. Hoy es un momento bonito porque estás aquí Quico, pero el peor momento es sin duda cuando la mar se lleva a alguien”.
Y Juan se emociona, y se emociona Quico y se vuelven a abrazar. Agradecidos los dos por este momento. También el agradecimiento a los controladores anónimos del CNCS “donde especialmente se atienden en ocasiones emergencias fuera de zona de responsabilidad siendo alguna de ellas en localizaciones donde resulta imposible disponer de medios similares, lo que llega a convertir al controlador en una especie de conseguidor”, le explica Juan a Quico, que no pierde detalle de cómo funciona esta Casa. Y Juan sigue contando. “Llevamos en la espalda una mochila llena de muertos. No podemos cargar con ella, por eso que haya gente como tú que piense en nosotros, nos hace felices”.

Operativo de rescate

Pero volvamos  a ese 10 de noviembre de 2013. Cuando Quico sorteaba el temporal. La llamada llegó al CNCS de Madrid y “aquí nunca dejas nada pasar. Lo normal es perseguir, buscar. Nos pusimos en contacto con Túnez y avisamos a los buques mercantes que estaban en la zona. También hablamos con la familia”.

Labor de psicólogos, de apoyo, de amigos, con la verdad por delante pero siempre pendientes, informando a esa voz al otro lado que quiere saber, que necesita saber. “Hablamos con su amiga María, con su padre. Íbamos informando de la situación en Túnez, de lo que hemos hecho. Es una manera de tranquilizar. No son palabras vacías”.

Quico interrumpe a Juan. Necesita repetir su agradecimiento. “María habla muy bien de ti. Todos. Fuisteis su gran apoyo”.

Y mientras Juan y sus compañeros seguían el operativo, el presentador seguía luchando contra las olas. El viento mistral le llevó a tierra, burlando las rocas y con los restos del catamarán que le quedaba llegó a lo que parecía una playa. “Había perdido todas las partes de la embarcación. Una ola me elevó y el kayak  salió disparado y volcó. Y ahí me quedé solo. Los segundos parecían siglos”.

Como pudo, a rastras, alcanzó tierra. ¡Estaba en Bizerta! La noche era oscura y la lluvia no daba tregua. Quico cavó un agujero en la duna  y se enterró para pasar la noche protegido. Sin dormir, sabiéndose solo. Aquel náufrago en tierra era ahora un náufrago en la mar. De verdad.

Debían ser las 6:30 de la mañana, con las primeras luces, cuando vio a dos hombres. Como pudo les dijo que era un náufrago pero ellos no sólo no quisieron entenderle, sino que le robaron lo poco que tenía. También el pasaporte. De nuevo estaba solo. A lo lejos vio una casita. Caminó y caminó durante horas. Cuando llamó a la puerta le recibió un señor. “Debía tener la pinta de un náufrago de Forges”, ríe.

Por suerte, el tunecino no sólo le ayudó, sino que le dejó ropa y 50 euros y le llevó hasta un zona con cobertura para que pudiera llamara  a casa. Eligió a su hermana. “Natalia, estoy bien, estoy vivo”.

No contaremos lo que le dijo su hermana… “pero te quiero mucho”, acabó entre sollozos. Nada nuevo bajo el sol para un hombre como Quico que se hace querer. Noble, sencillo, cercano. Grande él y grande Juan Díaz de Villegas, que sentado a su lado parecen amigos de toda la vida.

Luego todo fue rodado. Muchos gendarmes, militares, el cónsul español, arreglo de papeles… “yo sólo estaba cansado. El trato fue increíble”. Cuando ya montaba en el avión vuelta a España, uno de los policías que le acompañó le dijo: “vuelve a vernos, pero no en kayak”.

Agradecimiento

En España, el padre de Quico llamó a Madrid para contar que su hijo estaba vivo, que estaba en tierra. “No debe ser un trabajo fácil el vuestro”, le pregunta Quico.

Y Juan muestra en su móvil la foto que cuelga en su dormitorio de más de un metro de ancho.

Un  montaje  de toda la costa de Gibraltar a Espartel.  Un mar que se ha tragado mucha gente y que Salvamento conoce bien. “Cada día lo miro y rindo tributo a esa gente que se queda en la mar. Por eso nuestro eslogan de este 25 aniversario. ‘Salvamento, junto a ti en la mar’. Porque no hay una organización igual en todo el mundo”.

Quico Taronjí se lo ha dicho al director y al director de Operaciones. Se lo ha dicho a Juan y a quien se ha encontrado en el camino en su visita a esta Casa. “Gracias”.

Cuando se publique este reportaje, puede que ambos estén haciendo paddlesurf  en el río Pas con “Thar”, el perro de Juan. Como amigos. Unidos por lo que ya nadie puede separar: la mar.

Nota. Porque Quico Taronjí así lo pide y porque Juan Díaz de Villegas así lo quiere, este reportaje es un homenaje a todos los controladores que desde el CNCS y desde los Centros de Salvamento realizan cada día su labor. 24 horas al día los 365 días del año.

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