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La cara del mar que quiso ser cara del mal

05 julio de 2017

Sigo el día a día de esta Casa en primera persona. Cuando un buque rescata a un pesquero, cuando llega una patera, cuando un surfista está en apuros o un percebeiro necesita ayuda

Texto: Maite Cabrerizo / Tratamiento fotográfico: Lucía Pérez

Y de las caras del mar a la cara del mal, o eso pretendía el protagonista de esta historia cuando se ofreció por voluntad propia a ser el primero en inaugurar esta sección que, avisamos, empieza y acaba allí donde este reportaje ponga el punto final.

Lo barajamos, lo sopesamos si había una remota posibilidad de que una sección creada desde el cariño dejara paso a la inquina y a la rabia; transformar lo bello en perverso y execrable; aprovechar que el Pisuerga pasa (o no) por la madrileña calle de Fruela para inundar y empozoñar a un bienquisto y popular técnico Superior de Análisis y Planificación de nombre José Manuel Aljarilla, Manel.

Y lo primero que hicimos fue documentarnos sobre qué necesita un personaje para ser el malo de la película. Y tal cual reproducimos: “Los personajes malvados son crueles, viles y mezquinos, pero elegantes y siempre se ganan un lugar en nuestro corazón”. Y entonces sí, entonces nos dimos cuenta de que estábamos capacitados para hacer una cara del mal. Porque lo que no hay duda es que Aljarilla tiene por derecho propio hueco en nuestro corazón. Porque allí por donde pasa pisa fuerte, con ese derroche de optimismo que transforma los días grises.

En esa tesitura de que el malo siempre tiene algo de bueno, descubrimos que efectivamente había material explosivo para este perfil; que este técnico es un gran enamorado, que deja la vergüenza si es que la hay (y les decimos que la hay) aparte para hablar desde el corazón. Y si no, lean este mensaje que publicó en Facebook a su mujer.

“Cuando piensas que una persona es lo mejor que te ha podido pasar en la vida, cuando te quedas con cara de bobo mirándola mientras duerme, cuando la mayoría de los recuerdos que tienes con ella son inolvidables y piensas ‘es la leche esta chica’, sin duda, no te queda más remedio que decir qué suerte tengo”.

Ni Clarck Gable en Lo que el viento se llevó puso tanta pasión ni tuvo tantas fans como nuestro protagonista, que cosechó emoticonos de sus muchos seguidores.

Como el patio de mi casa, José Manuel Aljarilla es particular porque con él todo es más fácil. Trabajar es más fácil y seguramente lo sea vivir. Porque su perfil encaja en optimista por naturaleza que no deja para mañana la felicidad que puede tener hoy. Aquí y ahora. Con su familia y en su trabajo, donde nunca hay una voz más alta que otra. Bueno, alta sí, que Aljarilla si algo tiene en ese derroche es que todo es grande.
Los abrazos, los ánimos, los saludos a las flotas que están en nuestra costa y a los que Manel viste y calza. Y nunca mejor dicho porque también es cometido de él equipar al personal. Cazadoras, zapatos, mandiles…. Una pasarela que nuestro protagonista de hoy hace con gusto. Como todo. Así que si quieres saber, pregunta a Aljarilla.

Y es lo que hacemos; preguntar, pero no por las embarcaciones o cuestiones logísticas o qué le pasa al sistema que no funciona. No, esta vez preguntamos por él, de dónde surge esta Cara del Mal devenida en Cara del Mar.

El ‘deseado’

Y surge del boom del 72, de mayo, el primogénito de tres hermanos, “el más deseado” apunta, por si no les queda claro a Elena a y Edu. De barrio, de Vicálvaro, de colegio público y padres emigrantes a la capital en busca de mejor fortuna. Manolo, su padre, de Santiago de Calatrava (Jaén) y su madre de Hiendelaencina (Guadalajara). Y de una familia muy larga que se sigue viendo y apretando aunque hace años que faltan los puntales, entre ellos Manolo, que antes de fallecer puso las bases para que nada se desmoronara. Y oyendo a su hijo hacer la agenda uno entiende lo de tal palo, tal astilla.

Aljarilla siempre amó la informática, los números, jugar con esa posibilidad que da la ciencia de adelantarse a los que venga. Un paso por delante. Y así, sin más, siendo niño le seleccionaron para participar en Rusia en unas Olimpiadas de Informática. No ganó, pero la experiencia en un país que sufría las heridas de Chernobil no se olvida.

Nada más acabar la carrera tuvo que cumplir con el servicio militar. Le tocó Madrid. Pero él quería vivir nuevas experiencias, salir de casa, conocer mundo y se apuntó sin decir nada al Ejército profesional que le llevaría a la guerra de Yugoslavia, no sin antes pasar por la Escuela de Transmisión de Electrónica de la Armada, en Vigo.

Aquello fue un periodo inolvidable para un Manel que ejercía de profesor en la biblioteca en sus ratos libres con aquellos soldados que no habían podido hacer carrera. Aljarilla buscaba aventuras de película… y las tuvo. “Aquello era como Oficial y Caballero”, recuerda, “Teníamos un alférez de instrucción que nos gritaba, “no sois nada todavía, no os habéis ganado el derecho de andar por la Escuela”.

O sea que tocaba correr y correr. De película, como de película fue también cuando le llamaron de la Armada. Era diciembre de 1994 y antes de seleccionar destino se dijo, ¿cuál es el barco qué más navega? “¡La fragata de Rota!”. El 17 de diciembre de 1994 salió rumbo a Yugoslavia mientras en Vicálvaro su familia penaba por el hijo que se iba a la guerra.

Desde allí saldrían muchas cartas de amor, a sus padres, a su novia, a su hermana… cartas que escribía mirando al mar y que hoy volvería a escribir con el mismo cariño.

Pero ya hemos dicho que Aljarilla no es de lamentos ni de penares. Y de la guerra embarcado en aquel gran buque sacó lo bueno que se puede sacar a la vida y aunque pareciera lejano, le abriría posteriormente las puertas a Remolques Marítimos.

Primeros pasos en Remasa

Cuando regresó a España entró a trabajar a IBM para impulsar un innovador programa de transformación de los sistemas de información de las cajas rurales. El paso siguiente fue Remolques Marítimos, a donde llegó como informático. Haber navegado le dio puntos ante su director financiero, que le seleccionó entre otros candidatos de secano.

Y Aljarilla fue feliz porque de nuevo tenía la posibilidad de ‘jugar’ con la informática y ponerla al servicio del trabajo. Era octubre de 1996 y en Remasa había mucho por hacer. Al principio fue duro, “como todos los inicios”, apunta modestamente, quitando importancia a un trabajo que sí la tuvo. Y mucho. Tocaba informatizar la casa, implantar nuevos programas, viajar…

En 2013 Remasa pasó a formar parte de la sociedad de Salvamento Marítimo. Un desembarco de 700 personas con José Manuel Aljarilla a la cabeza (fue de avanzadilla en 2012) como Técnico Superior de Análisis y Planificación. Eso pone en su contrato. Pero lo que no pone, la letra pequeña de lo que uno no lee o no sabe, es que es un técnico feliz. Un perfil muy necesario para el día a día en cualquier empresa y que este empleado cumple a la perfección. Así lo aseguran quienes con él trabajan. Desde las flotas, para quien es amigo y confesor, y en tierra firme, donde ya hemos dicho que la Cara del Mal torna necesariamente a Cara del Mar.

Los suyos

Y siempre a su lado, su mujer Nuria, con la que empezó a salir un mes de mayo y con la que ha compartido lo mejor, su vidas y sus hijos Aitor e Itziar, y lo peor, la muerte de su padre.

Hay momentos de las entrevistas que quedan para la intimidad, ese “valgo más por lo que callo que por lo que hablo”. Pero aquí no puede quedar nada sin contar. Sin decir, si se tiene en cuenta que las lágrimas son el mejor mensaje; que es decir con el corazón a lo que poco adorno se puede poner. Y José Manuel Aljarilla llora. De felicidad cuando la hay y de pena, cuando se lleva. La muerte de su padre en 2002 dejó un vacío difícil de llenar. Aunque, ¿por qué habría que llenarlo?

Tanto Manel como sus hermanos se volcaron en el cuidado de su padre hasta el último momento. De hecho, cuando vieron la gravedad de la situación, José Manuel preparó su boda en dos meses porque si alguien tenía que estar en el día más importante de su vida, ése era el patriarca. Y estuvo. Ella, Nuria, con su traje hecho contrarreloj y Aljarilla con su madre de madrina y un padre orgulloso que, por desgracia, falleció a los pocos meses.
Y pese a los años hoy, en esta entrevista, es como si el tiempo se hubiera detenido. Y ese cáncer avanzara poco a poco. Pero Manel se hace fuerte. Avanzó el cáncer como avanzó su vida con sus dos hijos y con un trabajo en el que navega como pez en el agua. “Yo disfruto con todo”, dice, “con el trabajo, con los compañeros, con el día a día”.

Su mujer le dice, “parece que la empresa es tuya” y sus hijos cuando ven a Salvamento en la tele “mira papá, tu barco”, “mira papá, tu avión”.

Y así lo siente él. Su barco, su avión, sus compañeros… sigue el día a día de esta Casa en primera persona. Cuando un buque rescata a un pesquero, cuando llega una patera, cuando un surfista está en apuros o un percebeiro necesita ayuda. Aunque no lo veamos, José Manuel Aljarilla está allí.

Y ahora sí, volvemos al inicio de este reportaje, en el que decíamos que en toda buena película, el mejor de los malos se gana un hueco en nuestro corazón. ¿Cara del Mar o Cara del Mal? Visto así, las dos nos valen.

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