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A 570 millas de la costa brasileña

Una voz al otro lado del teléfono cuando en mitad del Océano, la vida se tuerce

El Atlántico es principalmente gris. O plateado. Como las escamas de los calderones que saltan las olas, cerquita de la costa del norte de España. A veces, pardo, verduzco, como los sargazos. Otras, solo azul. Piensa en cualquier cosa que sea azul. Cabe todo; la belleza de esos ojos, la tristeza de la luna, el frio del hielo y el aleteo de las mariposas morpho. En el Atlántico cabe todo. Y en el Atlántico no hay nada.

El Atlántico alberga mil mares, mil rincones, mil historias. Es tan inmenso que a pesar del tráfico que a diario lo cruza, si te adentras en sus entrañas estarás solo. Completamente solo. Y ahí adentro, entre sus olas y sus monstruos marinos, esa soledad puede durar semanas. A veces, incluso, se te cuela dentro, se acopla a los huecos que existen entre tus costillas y tus pulmones, y te dura para siempre, aunque navegues otros mares, aunque te sientes a esperar en mitad del desierto, lejos del agua salada, de lo salvaje…el Atlántico no te abandona jamás.

Petroleros que navegan entre Nigeria y Corpus Christi, congeladores de Malvinas a Coruña, bulkcarriers entre Canarias y el Mississippi cohabitan con navegantes en solitario, regatistas enfrentándose a los elementos, pescadores de aguas costeras, y pesqueros que pasan semanas en alta mar. Buques militares, barcos de investigación oceanográfica, y hasta narcotraficantes. Todos conviven sabiéndose rociados por el mismo mar, pero inmensamente lejos, a cientos de millas unos de otros. . Puedes cruzarlo en 6 días, o tardar 12. Con suerte te encontrarás con un barco en toda la travesía. Seguramente, otra mole de acero con tripulación mínima. El piloto de guardia, tan sorprendido como tú, puede que incluso altere el rumbo un par de grados, para pasar más cerca de tu puente de gobierno. Para verte. Para poner una cara nueva a las mismas 19 con las que lleva conviviendo quizás los últimos dos meses, o tres, o cuatro… Pasareis como mucho a milla y media el uno del otro, la prudencia se impone. Los dos cogeréis los prismáticos y saldréis al alerón, a escrutar al otro pensando en su nacionalidad, su campaña, su carga, su familia, sus fantasmas… y en los vuestros. Y tras apenas quince minutos de aproximación, distancia mínima y, con suerte, un saludo tímido con la mano desde el alerón, os separéis y ya está. Nada más hasta la recalada. No más elementos ajenos hasta el próximo puerto. Nada. Bueno, sí. Tortugas, delfines, ballenas, flamencos cuando la costa no está lejos. Lluvia, nubes, relámpagos y truenos. Sol. Sol que sale cada día y cada día se esconde. Ese es el elemento constante. Ese y la sal.

Si en mitad de un viaje transoceánico enfermas de gravedad…tus posibilidades son limitadas. Los grandes barcos, los mercantes o los de investigación, llevan buenos botiquines. Hay prácticamente de todo, desde buscapina y diazepan hasta camisa de fuerza. Doy fe. Pero si tu mal requiere de intervención médica urgente, tu única posibilidad es una evacuación médica.
¿Y quién te va a sacar de un pesquero que faena en mitad del Atlántico, cuando necesitas entrar en un quirófano en un plazo máximo de 24h, y tu tiempo estimado de llegada a puerto son cuatro días, una vez izado tu aparejo? Pues uno de esos compañeros de océano, que sabes que está ahí, pero que eres incapaz de localizar. Uno de esos “otros barcos”, que saben que mañana pueden ser ellos los que necesiten asistencia. Es solidario el océano. Es solidario cuando lo son los navegantes que lo surcan, que lo sufren. Que lo viven.
El lunes, el Centro Radio médico español alertó al Centro Nacional de Salvamento Maritimo (CNCS) sobre la necesidad de evacuar de extrema urgencia al jefe de maquinas de un pesquero español que estaba faenando a casi 600 millas de la costa brasileña. En mitad del Atlántico Sur. Presenta un caso grave de anuria. ¿Sabes lo que significa? Nuestro cuerpo está preparado para excretar constantemente aquello que no necesitamos, para limpiar nuestra sangre, para eliminar lo que nos sobra. El suyo se colapsó. Anuria es falta de micción. Si no orinas, te mueres. Te revientas por dentro. Esa es la situación.
Ese cachito del océano está coordinado a efectos de salvamento por las autoridades brasileñas. El Centro Nacional de Salvamento Maritimo contactó con los responsables del área, y les trasladó las instrucciones del centro radio médico: evacuar de urgencia, si es posible, por medio de un helicóptero.

Cuando haces ese trabajo, tu trabajo, y cuelgas el teléfono, a veces, no es suficiente. La empatía es una virtud que puede llegar a matarte. A menudo, la empatía duele. Cuando los marinos que trabajan en el Centro Nacional de Salvamento Maritimo trasladaron instrucciones y se aseguraron de que Brasil había entendido la situación, colgaron le teléfono. Y empatizaron. Y el dolor de riñones, la angustia ante la incertidumbre, el miedo a no volver… duraron los cuatro minutos que tardaron en usar todos los medios disponibles para mejorar el perfil de esa emergencia. Porque eso es lo que son en el Centro Nacional de Salvamento Maritimo. Marinos.
Se realizaron llamadas de urgencia satelitarias en un radio de 200 millas desde la posición del pesquero. Se trasladó a todos los barcos la necesidad de sacar cuanto antes a una persona, a un compañero, que necesita un hospital. Se pidió un barco con medico a bordo, un barco rápido. Uno que fuera capaz de encontrarse con la posición del pesquero, evacuar a su jefe de máquinas y llevarlo a un puerto con hospital en el menor tiempo posible. Menos que los cuatro días que tardaría en llegar por sus propios medios, a bordo de su barco de pesca.
Uno de esos monstruos de acero que cohabitan el Atlántico con flamencos, pescadores, tortugas, y hasta sirenas (eso dicen) respondió a la llamada de auxilio del Centro Nacional. El portacontenedores Maerks Sirac, construido en 2015, abanderado en Singapur y con una velocidad punta de casi 22 nudos se ofrece a llegar hasta el pesquero, evacuar al jefe de maquinas y acercarlo al hospital de Santos, en 24 horas. Tres días más rápido que si el pesquero hubiera navegado por sus propios medios. No sabemos con cuanta ventaja o desventaja de tiempo con los helicópteros brasileños.
Se contacta con Brasil, se les explica la situación y dejan la coordinación de la evacuación en nuestras manos.  Es madrugada en Rio.
Se contacta con el pesquero. Hay esperanza. Solo tienen que comunicar con el capitán del Maersk y ponerse a sus órdenes.

Se contacta con el centro radio medico. Hay que desembarcarlo con suero y Buscapina. Cada hora cuenta.

Se contacta con el armador. El jefe de maquinas saldrá de esta. Hay que nombrar un agente consignatario en Santos, para que el portacontenedores pueda desembarcar al enfermo y seguir con su ruta comercial.
Han pasado dos horas. El jefe de maquinas está ya a bordo del Maersk Sirac. Ponen rumbo a Santos a toda máquina. Llegan a puerto y lo ingresan en un hospital donde se recupera. Se ha llegado a tiempo.

En CNCS de Madrid, los marinos que gestionan cada emergencia…sueltan el aire, se ponen de pie, y, a falta de horizonte, miran dentro de sí mismos, buscando todos esos amaneceres que pasaron en mitad del Atlántico, completamente solos, pero bajo el amparo de un guardián invisible.

Vestidos de invisibilidad, son la voz al otro lado del teléfono cuando en mitad del Atlántico (o del Indico, o del Pacifico…) la vida se tuerce.
Suena el teléfono de nuevo en el Centro Nacional. Es el aviso de dos pateras en el Mar de Alborán. Vuelve al trabajo el guardián invisible.

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