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“En el centro de Salvamento las emociones son diarias. Es imposible no vivirlas”

18 octubre de 2016

Fue mi primer trabajo y será el único. Estoy orgulloso porque Salvamento Marítimo no es una empresa cualquiera

Maite Cabrerizo

Carmen Lorente (Tratamiento de fotografía)

Nada entre papeles. Tiene memorizados nombres, cifras, datos, incidentes, embarcaciones, turistas, visitas, anécdotas, edades, mareas, desaparecidos, encontrados, capitanes, teléfonos, D.N.I. ¿Seguimos? Licencias, permisos, bajas, sanciones, altas, más sanciones…. Toma aire. Los 21 años como administrativo en el centro de Salvamento de Tenerife le convierten, con total seguridad, en uno de los hombres de la Casa que más sabe de lo que pasa en la isla. Por derecho propio, porque pese a ser joven (43 años) es ya el más antiguo del departamento en Canarias.

“Era el 15 de marzo de 1995”, dice con esa memoria privilegiada en la que guarda todo. Su padre siempre había trabajado en el Puerto de Santa Cruz de Tenerife y Salvamento Marítimo fue su primer trabajo, “y será el único”, apunta orgulloso de la imagen que tiene la organización en la isla. “No es una empresa cualquiera. Aquí no vienes a la oficina y te vas cuando da la hora. Las emociones son diarias y es imposible no vivirlas”.

Vivirlas y compartirlas, como hace Juan Carlos con su mujer. Porque como él dice, te llevas el trabajo a casa.

Siempre habla de “hemos conseguido”, “hemos perdido”, “hemos salvado”. Y él lo hace desde esa mesa en la que no se le escapa un dato. En la que emociona con su profesionalidad a los niños o visitas que quieren conocer el centro. Si alguien sabe algo, si alguien necesita algo, la persona adecuada es Juan Carlos. Y lo dice su jefa de centro en Tenerife, Loli Septién. “¿Caras de Salvamento? Hablad con Juan Carlos”.

Y hablamos, o mejor, habla él. Porque Tenerife, el centro desde donde opera, lo tiene todo. Problemas de inmigración ilegal, pescadores, embarcaciones de recreo, deportes acuáticos que acaban en tragedia, turistas… “Vigilamos para que no pase nada”, subraya. 24 horas abiertos para que esas aguas del Atlántico estén siempre tranquilas. Pero es imposible. Por su ubicación, son el puente con el continente de esas pateras que llegan a la isla. Juan Carlos los ve desde su mesa, por esos expedientes en los que comprueba cuántos han llegado, cuántos no, cuántos niños, cuántas embarazadas. “Entre los años 2002 y 2003 recogimos unas 39.000 personas. Hasta una decena de pateras juntas”, recuerda. Lo tiene memorizado y es difícil que el tiempo lo borre. De otra manera sería imposible porque este trabajo te hace distinto. “No se acaba nunca”, insiste.

Irresponsabilidades en el mar

A veces Rivero se pone duro. Sí, aunque no lo parezca este administrativo sonriente que lo da todo sabe ponerse serio, sobre todo en situaciones en las que la imprudencia, la temeridad, la irresponsabilidad de algunos pone en peligro su vida y la de terceros, incluso la del personal que va a en su auxilio.

Hablamos de pesqueros, de embarcaciones de recreo que salen a festejar sin ser conscientes de que en el mar no se puede beber. “Son tantas y tantas”, critica. Porque para Juan Carlos Rivero no es suficiente el PER para pilotar una embarcación. O no sólo. Las escenas se repiten cada día: no saben maniobrar, no saben conducir, no saben de mareas y con el alcohol… “La gente es muy imprudente. No tiene ni idea de los peligros del mar”. Un mar que conoce  bien desde dentro, y desde fuera, porque su vida como buen isleño siempre ha estado vinculada al Atlántico. Por eso vive con tristeza esos momentos en el que los equipos llegan tarde, en los que ya no hay nada que hacer. Esos momentos en los que el caso se archiva sin esperanza.

Una llamada nos corta la comunicación. “Una embarcación con problemas”,  dice ya movilizando a los equipos. 24 horas vigilando. Juan Carlos abre una nueva carpeta. “Donde haga falta”, repite. Muchos no le ven, pero Juan Carlos Rivero es esa voz ‘al otro lado’ del teléfono que siempre está.

*Próxima Cara del Mar: DIEGO FONTAO REGUEIRA. Nadador de rescate en el Helimer de Valencia. ¿Su secreto? “Pensar que cada día es como el primero”

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